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El café, una bebida
mítica y de origen oriental, ha sido siempre hermanado
con la leyenda. Cuenta una de estas leyendas que en las montañas
de Abisinia, la actual Etiopía, un joven pastor árabe
observó un día cómo sus cabras daban
extraños saltos, tras comer, con la avidez que caracteriza
a estos animales, de unos arbustos parecidos al laurel atiborrados
de pequeños frutos rojos. |
| Por la noche
el rebaño parecía haber perdido el sueño.
Al día siguiente, el pastor llevó algunas muestras
de estas hojas y frutos a un monasterio cercano llamado Cheodet,
donde los monjes, por curiosidad, pusieron los granos a cocinar.
Al probar la bebida, la encontraron de tan mal sabor que arrojaron
a la hoguera lo que quedaba en el recipiente. Pero los granos,
a medida que se quemaban, desprendían un agradable
aroma que fue invadiendo toda la habitación. Intentaron,
entonces, volver a preparar una bebida con los granos tostados
y, fascinados por el resultado, que se notó hasta en
los oficios nocturnos del canto coral, el Abad del monasterio
le dio el nombre de Kaaba, que en árabe quiere decir
“piedra preciosa de color café”.
La historia, más que la leyenda, cuenta que hacia los
inicios del siglo XVII el café fue llevado a Europa,
entró por el puerto de Venecia en Italia, pasó
luego a Holanda, Francia, Inglaterra y Alemania, y se difundió
por el resto de los países.
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