Por último, las cafeteras de vacío, en cristal
refractario, permiten hacer el café en la misma mesa
donde ha de tomarse. Un émbolo accionado a mano es el
mecanismo que permite poner en contacto el café con el
agua hirviendo.
Los Cafés –esos locales tantas veces entrañables-
se hicieron populares a principios del s.XX en Viena, París
y Berlín. Son todavía lugares donde la gente se
encuentra con los amigos, lee la prensa, discute los sucesos
del día y escribe la correspondencia. Los artistas, intelectuales
y revolucionarios –como Picasso o Sartre- se valían
muchas veces de los cafés para publicar sus manifiestos.
Y la cultura europea del café se exportó con éxito
a América y a Australia. Hoy, cuando millones de personas
se comunican mediante los e-mail , algunos –en realidad,
muchos- han pensado si sería una buena idea combinar
la relación que permiten los ordenadores con la estancia
en esos maravillosos lugares donde se saborea una taza de café.
Esto es el Cybercafé. Tienen ya, incluso, su asociación:
la IAC, una Asociación Internacional de Cybercafés.
Pero el café, la taza de café, es también
pasado. Bien lo dice esta letra de Tango, que cantaba Libertad
Lamarque, esposa de su compositor Alfredo Malerba, en 1943:
La tarde está muriendo detrás de la vidriera
Y pienso mientras tomo mi taza de café.
Desfilan los recuerdos, los triunfos y las penas,
Las luces y las sombras del tiempo que se fue.
La calle está vacía, igual que mi destino,
Amigos y cariños, barajas del ayer.
Fantasmas de la vida, mentiras del camino
Que evoco mientras tomo mi taza de café.